Con el aumento de la edad, asume uno la impresión de que las
cosas del mundo no van por buen camino.
Se trata de un vago "dejà vu", cada vez más persistente a pesar de su carácter impreciso. Repaso a Hanna Arendt (ya saben: la banalidad del Mal) y la duda permanece. Los viejos fantasmas del pasado siglo, que
parecían relegados, renacen con ropajes diferentes. Está, por un lado, lo que podríamos denominar
encasillamiento del individuo, del ser individual subsumido de nuevo en
categorías colectivas, como cultura o género, una vez desacreditado el
universal de la raza. Otra vez realismo
versus nominalismo. Por otro lado, se va
imponiendo la sensación de que nadie puede salirse de los límites de la moral
dominante, aplicados a través de lo políticamente correcto. Y, al fondo de todo ello, minorías que creen
conocer donde reside el Bien e intentan inocularlo al resto, de manera
obligatoria y sin pararse en barras.
Sí. Dejà vu. Eso es lo que uno siente.
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